¿Se habla demasiado sobre la salud mental?

Un artículo del New York Times plantea la pregunta de si el creciente foco mediático y educativo en la salud mental, especialmente entre jóvenes, podría estar teniendo efectos contraproducentes, en lugar de solamente beneficios. 

Algunos autores han empezado a sugerir que...

  • Las campañas de concienciación y educación masiva en salud mental pueden ayudar a algunas personas, identificando problemas que necesitan tratamiento.

  • Pero también podrían estar contribuyendo a que otros jóvenes se vean a sí mismos como más afectados de lo que realmente están.

Este fenómeno se ha denominado por algunos académicos como “prevalence inflation” (inflación de prevalencia): identificar experiencias normales de estrés, tristeza o ansiedad como algo patológico.

Cuando población general se acaba identificando con campañas masivas sin tener en cuenta otros contextos de su vida y sin tener un diagnóstico seguro, su identificación acaba rellenando un hueco de explicación ante un malestar, pudiendo deformarse una idea equivocada de lo que realmente le puede llegar a estar sucediendo. 

El malestar puede ser real, PERO. Y, ¿el diagnóstico?

Cuando una persona acude a salud mental impulsada por un anuncio, una campaña vista en redes o una identificación con otra persona, no quiere decir que no haya malestar. 

Este malestar tiene que ser atendido desde un punto de vista seguro y exacto para que no de lugar a equivoco. Ya que, un malestar o una identificación mal atendida puede dar lugar a error por parte del paciente o al inicio de tratamientos que no tendrán ningún efecto o un efecto iatrogénico. 

¿Qué se ha podido observar en base a esto?

El artículo del New York Times menciona hallazgos de investigaciones en escuelas de Reino Unido y Australia mostrando que:

  • Programas de entrenamiento en mindfulness o técnicas de regulación emocional no produjeron mejoras claras en el bienestar de los jóvenes;

  • En algunos casos, quienes participaron mostraron indicadores peores a corto plazo que quienes no participaron.

Además, se cita investigación en EE. UU. que indica que cuando los jóvenes se etiquetan A SÍ MISMOS (sin haber pasado por una consulta real) con diagnósticos como depresión o ansiedad, eso puede correlacionarse con peores estrategias de afrontamiento emocional, como la rumiación o evitación.

¿Cuál sería la conclusión de todo este follón?

El problema no se reduce a que no se deba hablar de salud mental, sino que se advierte de que el enfoque actual podría estar desequilibrado. Los autores citados proponen que se debe proceder con más cuidado y más investigación de alta calidad para evaluar la eficacia real de las intervenciones masivas, en lugar de asumir automáticamente que “más conversación = mejores resultados”.